
Detente, para; cierra los ojos y sigue solo mi voz. Vacía la mente, presta atención solo a tus sentidos; ¿qué sientes ahora?
Describeme lo que sientes, lo que escuchas y lo que ves; no intentes recionalizarlo, olvida los datos y mira como un niño, disfrutando.
Siente el calor del sol dorando tu piel, aquella brisa leve o el viento tormentoso revolviendo tus cabellos, las risas de la gente por la calle y sus susurros.
Aisla cada sonido, cada ingrediente y sabor, fíjate en cada uno de ellos y dale su valor. Vive y siente, disfruta. No hay mayor manjar para el alma que este festín de sentidos, saborea el momento y vívelo.
Hay momentos de nuestra vida en la que pasamos por ella sin disfrutarla, sin saborearla; demasiados sinsabores y traiciones hemos sufrido, demasiadas penas acumuladas... No nos merece el riesgo de querer o darle valor a la gente; el precio del error es demasiado caro.
¿Pero qué sentido tiene la vida si no la vivimos, si somos simples máquinas biológicas que actuamos en el mundo? No hay mayor sentido para la vida que el disfrute, la emoción... hay demasiados instantes que merecen nuestra pasión.
Hay momentos en que no podemos soportar el riesgo de darle valor a las personas, de abrir nuestros corazones pues las heridas aún no han sanado. Tenemos.que darle valor a los instantes, a la luz y los sonidos, a cada aroma y sentido; esta es mi terapia vital, aprender a darle valor a aquello que nunca te va a defraudar.
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Este comentario va dedicado a Teenage Wasteland, cuyo último post inspiró esta publicación. También a cierto chaval que me habló de estas teorías en un café de la Gran Vía.
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