miércoles, 9 de febrero de 2011

Selene

La noche era perfecta, dos nubes solitarias cambiaban de forma persiguiéndose al son del viento; amantes incorpóreos en una juego de seducción.

Selene miraba a sus hijos mientras Neptuno intentaba atraerla hacia sus dominios; dos caballos alados haciendo cabriolas a cada lado. Pero faltaba algo, el bosquejo era bueno, pero Selene se le resistía; ¿Como representar la dulzura y fuerza de aquella amante prohibida?

Un soplo de Eolos casi se lleva el cuaderno de dibujos, Eros fijó mi mirada en el centro del balcón. Deseo, belleza, ternura y amor; era ella, Selene.

El lápiz se movía frenético marcando cada sombra y cada curva. Piernas torneadas, desnudas, veloces cual rayo de luz, pies descalzos en el dibujo, botines negros de tacón en la mujer. Ambas de perfil observaban el mundo, las aguas de Poseidón buscándolas en una noche despejada.

A medio muslo empezaba el vestido, ajustado, juguetón. A medio muslo de esas piernas perfectas, a medio mundo de esas caderas incitantes.

Ojos verdes, cristalinos, diamantes verdes en su pureza; almendrados y de pestañas espesas, ojos tristes que en la soledad habían aprendido fortaleza. Dos diamantes verdes, refulgentes, mirada dura y desconfiada, analítica, preparada. Los labios carnosos y dulces iban a juego, sin sonrisa, pero igualmente seductores; labios rojos entreabiertos, labios que soñaban con un beso sincero.

Su melena ondeaba al viento, negro azabache, refulgente, negro onix; lineas fuertes que destabacan la sensualidad de aquellos hombros desnudos. Los dedos en la barandilla, las manos juntas; dedos finos de pianista y suaves cual caricia. Brazos esbeltos en manos finas, mujer delicada de mirada fuerte y decidida.

Cada trazo la descubría, cada sombra sacaba a la luz esa fuerza interior y la actual apatía. El cuadro iba cobrando forma, desde el esquema completo hasta las páginas cubiertas de grafito con las distintas miradas y poses vistas, algunas más imaginadas.

Latía el corazón con fuerza y el frío de la emoción se filtraba en su cuerpo. Con pulso firme retocó la imagen, cada hoja y cada parte de su alma, de sus almas dibujadas con grafito. Levantó la mirada, solo un par de detalles más, pero ella no estaba; adivinó su melena deslizándose por el arco del salón.

Quieto, inmóvil en su silla, un microsegundo que lo invadió por una vida de miedo y vacío. No podía perderla, no cuando acababa de vislumbrarla. Dejó la copa medio vacía y se fue en su busca. La conocía, había memorizado aquella sonrisa inexistente y aquellos ojos de esmeralda. La reconoció al instante abrazada a otro hombre.

Laberinto de personas, microcosmos aislados por parejas, un universo propio girando alrededor de su estrella, de mi luna, mi Selene.

Mirada vacía y tentación; bailaban en el centro, dictando el compás a músicos y bailarines, pero ella se movía sin vivir el momento, seducida por la música y el tacto, hipnotizada por el compás de su propia vida. Ilusión, quizá, pero no con el momento sino con el "quizá", fantasías de una mente hastiada de aquel compás.

¿Como llegar a ella tras su muro de cristal? Necesito tocarla, ¿la luz de luna puede llegar a quemar?

Fin del tango, se rompe el hechizo, Poseidón la quiere atrapar. No hay tiempo para dudas, las Moiras me van a guiar.

Un mal giro al empezar el baile se lleva mi cuaderno, Fortuna permite que ella lo coja antes de que pueda recogerlo. Lo mira, lo ve; pasa las páginas sin hacer caso a la música. Arruga el ceño, se ve; levanta la mirada y me mira.

"¿Soy yo?" Susurra.Voz dulce y grave, seductora. Me acerco. Huele a sándalo y miel, Amaretto y rosas.

"Es Selene, la princesa y reina de los cielos; eres tú, mi luna".
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